LA PIARA

LA PIARA

 La autora del crimen aberrante vestía sólo una chaqueta, un impúdico calzón, unas apretadas calzas y unos sugerentes guantes blancos. Su vida no había sido fácil, hasta podría decirse que en pocas ocasiones había logrado salirse del chiquero en el que estaba. Y muchos de esos cerdos, que la habían rodeado durante su limitada existencia, iban a presenciar su ejecución. Insólito, realmente insólito que sus congéneres porcinos, en medio de la más parsimoniosa indiferencia,  dirigieran sus impávidas miradas sobre ella. Pero poco es lo que había podido hacer el abogado defensor; su coartada había fallado. Aunque se hubiera demostrado fehacientemente que no había alcanzado la edad de la imputabilidad, y mucho más que carecía  de uso de razón, las rígidas leyes de la época, la habían condenado a morir bajo suplicios. Una turbamulta perturbada por el hecho, envuelta en  clamores de justicia, se disponía a contemplar  el espectáculo sangriento. Hacía varios días que los carpinteros del vizcondado venían armando con especial dedicación el cadalso y aprontando los instrumentos de tortura. Los verdugos, con aires de solemnidad, como era habitual en esos casos, sólo esperaban órdenes para comenzar a vengar el horrible asesinato. No era común en ese tranquilo lugar de  Normandía, que algo tan terrible aconteciera. De manera que se trataba de infligir a la culpable, los mismos daños que ella había causado. Así fue como una certera maniobra mutiló a la rea y practicó profundas incisiones en uno de sus muslos. Del redondeado muslo brotó la sangre a borbotones, y acto seguido, fue colocada en una horca de madera, boca abajo, cubierta por una máscara de hombre. La muerte sobrevendría inexorable al poco tiempo,  aunque verla morir desangrada y lentamente no alcanzaba a compensar el dolor del padre de Jean. Le Meaux, ese humilde albañil, no podía olvidar su impresión al ver a su hijo de tres meses de edad, sin un brazo y sin parte de su rostro. El  ataque salvaje había provocado su muerte inmediata. Y el gozo que le produjo ver morir a esa cerda de ese modo, lo eximió del deshonor de compartir la tribuna con la piara. Se había hecho justicia; la manada se dispersó junto con la gente, y la tranquilidad volvió a reinar en la bailía. Existen registros de ese aciago día, cuando apenas iniciado el año 1386, la cerda de Falaise se había quedado sin coartada.     

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3 comentarios to “LA PIARA”

  1. guardapolvoblanco Says:

    Inspirado en el caso de “la cerda de Falaise”. En el medioevo los animales eran considerados responsables de sus actos y se los enjuiciaba si cometían un delito.

    La consigna semanal del Foro de Cuentos de La Nación consistió en imaginar un cuento en que una coartada hubiese fallado.

  2. Ignacio Elizalde Says:

    ¿Y qué puedo decirte de esto? No se me hubiera ocurrido escribir algo tan bueno a partir de ese tema. Felicitaciones. Seguí escribiendo. Cuando La Nación te premió por original no se equivocó.

  3. nora Says:

    Me gusto muchísimo tu cuento , cuanta imaginación.

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