La túnica de lino

LA TUNICA DE LINO   No alcanzaba a entender cuál era la razón de sus preferencias sobre la vida y obra de este faraón, de quien conocía todos los detalles. Así fue cómo, de su propia boca, supe de las dificultades que tuvo que enfrentar. Era un fanático del libro “Historia de los egipcios”, de Isaac Asimov, y estaba ensayando algo así como una breve reseña sobre la situación de la mujer ambientada en el período en el que reinaron los Ramésidas (1158 a 1075 a.C.), iniciado a partir de la muerte de Ramsés III. Pero lo que realmente lo intrigaba era la mención que en algunos textos se hacía sobre la hija que Psusennes entregó a Salomón, con el objeto de contar con el apoyo israelita. Estaba convencido de ese hecho, sobre todo por la coincidencia entre ambos reinados, entre el 973 y el 933 a.C. En una etapa signada por el debilitamiento de la otrora poderosa tierra de Ramsés II, las alianzas matrimoniales garantizaban el equilibrio de poder. Psusennes II había vivido en medio de la zozobra que le provocaba tener un ejército mercenario comandado por un libio. Pretender docilidad en esas condiciones era imposible, y los ecos de una rebelión en puerta comenzaban a sonar. Así fue como decidió entregar a una de sus hijas al hijo de Sheshonk, signo temible, anticipatorio de lo que sucedería después. Terminó Mbuto muy tarde el relato aquella noche, mientras juntos mirábamos por la ventana del amplio salón cómo los copos de nieve iban depositándose sobre los árboles. El sueño me vencía, y logré explicarle que debíamos dejar para el día siguiente la fascinante historia que me contaba. Mbuto insistió en invitarme a salir, pero claro estábamos bastante alejados del centro y en verdad, después de las seis de la tarde prácticamente no teníamos adonde ir. Fue así como me retiré a mi habitación, y me dispuse a descansar en soledad, dado que mis compañeras brasileñas habían dejado la residencia el día anterior. Un sueño pesado y angustioso me sobresaltó durante toda la noche, en que mi cuerpo se estremecía obligándome a sacudir las sábanas que a la mañana siguiente misteriosamente habían desaparecido. En su lugar, una bella túnica blanca de lino, descansaba sobre el sillón de terciopelo bordó. Sentí un súbito frío en mi cabeza y pensé una vez más en ese crudo invierno parisino. Deslicé mis manos suavemente sobre mi cabellera oscura, que era un signo muy llamativo mío y con horror sentí que mis dedos se deslizaban sobre el cuero cabelludo. Espantada, corrí hacia el espejo, y nada pudo evitar que profiriera un grito que sonó seguido de palabras emitidas en una lengua extraña. A un lado, en la cabecera de la cama, junto a mi almohada de plumas, una magnífica peluca de pelo natural, maravillosamente peinada y adornada, con sus mechones cubiertos de cera de abeja, inexplicablemente del mismo color de mi cabello, me recordaba la conversación mantenida con Mbuto el día anterior. Tampoco entendí porqué, cuando al abrir el cajón de la mesa de luz, para buscar un número telefónico, la réplica de la máscara de Psusennes II, se encontraba allí.      

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Una respuesta to “La túnica de lino”

  1. guardapolvoblanco Says:

    Según los historiadores hombres y mujeres en el Antiguo Egipto acostumbraban depilar totalmente sus cuerpos y se rapaban; las pelucas que solían ostentar eran reflejo de su condición social.

    Publicado en el Foro de Cuentos de La Nación

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