Archive for the ‘Cuento sobre Van Gogh’ Category

La última carta

junio 5, 2007

LA ULTIMA CARTA (en honor a Van Gogh)

Hace demasiado calor por estos días, por suerte ha llovido. El jardinero no vino. Las hormigas han hecho su inexorable trabajo de exterminio en los jazmines. El sombrero de paja que cubrió mi cabeza de los inclementes rayos del sol  cuando con mis manos enterraba los clavos oxidados en la tierra removida junto a las hortensias,  quedó abandonado junto al liquidámbar  a metros del árbol de Judas invadido por el clavel del aire. Todo es una explosión de color  aunque no hay flores. Los agapantos juntan sus hojas lustrosas  que caen sobre el césped en un estallido de verde. El agua las habrá ahuyentado, pienso. El libro quedó olvidado, lo leí entre las ramas de la acacia, me encanta subirme a los árboles. Las cartas a Théo llorarán lágrimas dulces. He guardado la última, me niego a aceptar que ese texto impecable, de escritura pulida, de lógica rigurosa, del cual se desprende un inmenso amor y respeto fraterno, haya precedido la inexorable decisión. ¿Qué te sucedió Vincent? ¿Acaso quedaste atrapado en ese muro de hierro que tantas veces lograste cruzar? Esta hoja que tengo en mis manos, llora lágrimas saladas.

FIN 

Del crespón, de la urdimbre y de la trama

junio 5, 2007

DEL CRESPON, DE LA URDIMBRE Y DE LA TRAMA 

Te encontré, Vincent, un domingo de febrero, mientras mis jazmines languidecían bajo la insistente acción devoradora de las hormigas, en una tarde apacible en que los rayos del sol insistían en ocultar alguna que otra nube que presagiaba tormenta.Todo estaba quieto a mi alrededor, y el cuadro se componía de un conjunto de agapantos, de restallante y lustroso verde intenso, cuyas hojas largas y tersas, cimbreantes bajo la suave brisa de verano, coqueteaban de tanto en tanto, con las puntiagudas ramas de los aloe vera.Convivían en armonía el viejo árbol de Judas, de tronco leñoso, que alguna vez había sido un arbustillo, el asarero, de color negro azulado, una estrella federal -que en junio había regalado el rojo intenso de sus flores-,  y una mora que había crecido vertiginosamente, con alguna semilla que el viento había depositado. Esta ligazón formaba una contextura compacta, una trama abigarrada que en conjunto, parecía dispuesta a resistir las más variadas plagas. Que las había y muchas. Por empezar ese clavel del aire, que invasivo y resistente reptaba sobre las ramas quebradizas y permanecía suspendido, arracimado en opacos grisáceos.Componían la urdimbre que atenaceaba por igual a los ejemplares más antiguos y a los nuevos, que, según las circunstancias, lograban sobrevivir o perecían.Pintaste cuervos sobrevolando un trigal, y ése fue tu mensaje póstumo. Entendido.Pero antes que eso, tus trazos se volvieron planos, ocultaron las sombras, y dibujaste un crespón.Las aves de rapiña  lanzan graznidos.El cielo se oscurece.Una flor de gasa negra cae sobre las hojas marchitas de los jazmines.Las hormigas han huido, temen la lluvia, pero ya es tarde.Han cumplido su inexorable labor.En off, la voz exaltada de Antonin Artaud repite una sentencia. 

El mistral barre las hojas muertas

junio 5, 2007

EL MISTRAL BARRE LAS HOJAS MUERTAS 

El mistral barre las hojas muertas, Théo, tendrías que verlo. Acabo de pintar un trigal con ese amarillo intenso que tanto te gusta. ¿Sabes que ahora fabrico yo los colores?No te preocupes querido hermano, he recibido los últimos cincuenta francos que me has enviado. Bienvenidos sean. Intento sacar fuerzas para pintar, ¿te acuerdas de aquella vez que hice un cálculo? Claro, para poder retribuirte todo lo que me has dado, necesitaría pintar mil cuadros. A cien francos cada uno, cubriría los gastos de mi vida entera. Pero sucede que no he podido comer en los últimos días. Tres han transcurrido, con veintitrés cafés y el pan que compré a crédito. He pagado la criada, mis pequeñas deudas con el panadero, y en dos días más estaré sin dinero.Los marcos, sabes bien, aprendimos a hacerlos nosotros, con Gauguin, como ya te he contado. Las varillas nos cuestan apenas cinco centavos, las claveteamos sobre el bastidor y las pintamos de blanco. Hemos descubierto que de esta manera se realzan increíblemente nuestros cuadros.Tal vez notes más pastosos los últimos trabajos, pero claro, es el apuro por fabricar el color, no podemos esperar que seque.Querido hermano, encuentra belleza en todo lo que puedas, la mayoría no la encuentra en ningún lado.Me pesa terriblemente pedirte dinero siempre.No sé cómo agradecértelo. ¿Sabes qué? Acabo de adivinarlo.Pensaba pintar cuervos sobre el trigal, el negro es uno de mis colores preferidos, pero los transformaré en tántalos. El calor me abruma, debo migrar junto a ellos a zonas más templadas. 

 

Nota: inspirado en las “Cartas a Théo”, tan bellas como desgarradoras.Los párrafos reproducidos a continuación, donde expresamente, se ha dejado de respetar el orden, son una pintura acabada del espíritu de Van Gogh, del drama de su existencia, y hasta un presagio del inexorable final. 

“Comienza la caída de las hojas; se ve cómo amarillean los árboles, el amarillo aumenta todos los días. Es por lo menos tan bello como los vergeles en flor”   

“…con la vista del cuadro debe descansar la cabeza o más bien la imaginación. Las paredes son de un violeta pálido. El suelo es a cuadros rojos. La madera del lecho y las sillas son de un amarillo de mantequilla fresca; la sábana y las almohadas, limón verde muy claro. La colcha, rojo escarlata. La ventana, verde. El lavabo, anaranjado; la cubeta, azul. Las puertas, lilas. Y eso es todo -nada más en ese cuarto con los postigos cerrados-. Lo cuadrado de los muebles debe insistir en la expresión del reposo inquebrantable”. 

“ Pero en finanzas me es suficiente saber esta verdad: que un hombre que vive 50 años y gasta dos mil por año, gasta cien mil francos y es necesario que aporte también cien mil. Hacer mil cuadros a cien francos, durante una vida de artista, es muy, muy duro, pero cuando el cuadro es a cien francos… y aún… nuestra tarea es a veces tan pesada. Pero esto sí que no se puede cambiar.” 

“Las sombras y las sombras proyectadas están suprimidas; ha sido coloreado con tintes planos y francos como los crespones” 

Vincent Van Gogh “Cartas a Théo” 

Mi nombre es Paul Gachet

junio 4, 2007

Mientras observo las rosas amarillas sobre la tumba de Vincent  recuerdo el día de su entierro, cuando todos los que asistieron cubrieron la lápida con cientos de pétalos de su color preferido. 

Un soleado mes de mayo  lo conocí en Saint Rémy de Provence, cuando los rayos del sol jugueteaban como hoy en medio de la campiña  y sus caprichosos efectos iridiscentes dibujaban un paisaje siempre cambiante. Verdeazulados, liláceos, borravinos, anaranjados, permitían descubrir a cada instante un nuevo soplo de vida. 

La cabellera rojiza contrastaba con una mirada de profunda tristeza  y en aquel entonces atravesaba un momento de desolación. Por su propia voluntad había decidido internarse, conciente de que su enfermedad se había vuelto indomable lacerando definitivamente su  dañado espíritu. Théo su amado hermano,  y su mujer  difícilmente pudieran ayudarlo.

Intento rescatar aquel diálogo que tuvimos cuando le pregunté porqué el color había desaparecido de su paleta. Impresionado por lo que había logrado dibujar contemplé largo rato las imágenes. Su habitual trazo curvo  había dado lugar a líneas más nítidas, aunque el dibujo mismo era circular. Las altas paredes reflejaban su angustia por el encierro, la prisión del neuropsiquiátrico le había arrebatado esos escasos instantes de felicidad  cuando pintaba al aire libre. Y entre esos hombres que giraban en esa rueda infernal  me dijo: “ese soy yo”, mostrándome al que tenía el  rostro vuelto hacia el observador. Nunca ví mejor testimonio  de la futilidad de su existencia, de su lucha despiadada por ingresar al circuito del arte, de su estéril relación con los marchantes, del doliente camino que finalmente había emprendido  cuando decidió dar rienda suelta a una vocación tardía.

No estás hoy, Vincent, no pude impedir tu muerte. La misma fascinación que te producía copiar cuadros de tus pintores preferidos  te ha producido la réplica de esa lápida que te condenó a muerte antes de nacer. La del otro Vincent Willem, la del que no pudo ser.

Adiós amigo, parto no sin antes decirte  cuánto me pesa no haber podido librarte de tu tormento interior. Conservaré el cuadro que me has dedicado, destinado seguramente al olvido eterno.

A lo lejos,  los cuervos sobrevolaban un trigal y sus graznidos le rendían un postrer homenaje, mientras las hojas de los cipreses susurraban un ligero adiós y los girasoles en flor reflejaban un estallido de color sobre un par de zuecos abandonados al azar. 

Nota: El 15 de mayo de 1990 la obra Retrato del Doctor Gachet, de Van Gogh fue vendida en 82,5 millones de dólares en Christie’s,  alcanzando así un  récord histórico.