Archive for the ‘Cuento’ Category

El reflejo

agosto 15, 2007

EL REFLEJO

Solía aparecérsele a Doménico, en forma recurrente y como pintada al temple,  la imagen de una ménade vestida con una túnica azulada. Agachada junto a un lecho desplegaba sus pliegues verdinegros sobre el cuerpo desnudo de un sileno. Debajo de la cama un satirillo, en el aire danzando los silfos, la bella y grácil dama portando entre sus manos un tirso le sonreía expectante; la bacanal  parecía preparada para su recibimiento.

El cabello rizado era del color exacto del pelaje del asturiano que a veces, en sueños, venía a buscarlo. Un día sin embargo, diferente a cualquier otro, sintió dentro de sí extrañas conmociones. Comenzó a escuchar voces, bien nítidas, las de los apóstoles Pablo y Pedro, que habían muerto decapitados y crucificados bajo el reinado de Nerón,  portavoces de la nueva religión nacida en la lejana Palestina. Un nombre, Jesús, horadaba lentamente la conciencia de Doménico. ¿Acaso quería  morir como el odiado emperador, del cual su padre había dicho:“de Agripina y de mí sólo puede nacer un monstruo”?

Un veinticuatro de junio, día de San Giovanni, mientras los álamos, los sauces y las moreras susurraban secretos al viento, Don Doménico Giuseppe  Corinaldesi entregaba su alma a Dios. Sus últimas palabras retumbaban en el paisaje ondulado de las colinas, a espaldas de la llanura; allí donde montaba al caer la tarde un asturiano, que las noches de plenilunio se convertía en mujer. La misma  que perseguía sus sueños y se reflejaba, bajo la luz de la luna,  en las aguas del Po.    

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Papel picado (el enigma de Huixcolotla)

julio 28, 2007

Papel picado (el enigma de Huixcolotla)

Guadalupe, Lupe, Lupita o Pita, como solía llamarla cariñosamente su padre, era la hermana menor de Concepción y la prima de Jovita. Hijas de Chamanec y de Cuauhtémoc, tenían un  único hermano  que había recibido un nombre indígena  siguiendo la tradición familiar.  El joven se llamaba Cuitláhuac. Habían nacido en San Salvador de Huixcolotla, en el estado de Puebla, allí donde el valle del Tepeaca da paso a un paisaje diferente  con vegetación  achaparrada y abundancia de arbustos, especialmente el huixtle, al cual debe su nombre. Siendo muy niños se entretenían buscando esas espinas torcidas que acostumbraban guardar y con las cuales se dedicaban a perforar hojas de papel. Habían visto a casi todos sus conocidos hacer eso  y en particular a su padre del cual se enorgullecían porque era uno de los mejores artesanos del lugar considerado  “la cuna del papel picado”. Durante las fiestas  las calles del pueblo, como era común en otros lugares de México, se vestían de innumerables trozos coloridos, artísticamente labrados con diferentes imágenes. El día de los muertos se celebraba especialmente y entonces solían sentir miedo.  Les habían contado que ciertos espíritus no habían logrado ser protegidos en su camino al Mictlan porque se habían olvidado de colocar esos papeles junto a sus cuerpos al morir. A veces se escuchaban llantos de niños y algunos decían que eran los que los aztecas habían sacrificado en sus rituales de adoración a los dioses. El misterio siempre rondaba estas historias contadas en voz baja, generalmente cuando se reunían por las  noches  después de haber ayudado a su padre con la ornamentación. Cuitláhuac era muy religioso y se había transformado en el protegido del cura de la parroquia del Divino Salvador. Cuando asistía a misa los domingos, después de los oficios religiosos, solía contemplar un largo rato esa pintura que tanto le impresionaba donde Lázaro por obra de Jesús resucitaba. Pensaba que no le gustaría  ver con vida a un muerto  y no podía evitar que cierto terror se apoderara de él. No entendía que alguien pudiera volver de la muerte y mucho menos que reapareciera en idénticas condiciones.  Había aprendido a picar papel y realmente debía apurarse porque se acercaba el 6 de agosto y quería colaborar con la celebración de “El Divino Salvador”, que era el patrón del pueblo. Entre las piedras desgastadas alrededor de la fuente había escondido el pequeño estilete que usaba para trabajar.  Nadie había podido explicarse nunca la rapidez prodigiosa con la que perforaba las hojas  y las viejas del pueblo solían decir que era cosa  del demonio, porque sólo alguien que estuviese bajo una poderosa influencia sobrenatural podía lograr que cientos de láminas en una noche y con la perfección con que él lo hacía, mostraran esos complicados dibujos en los que curiosamente siempre aparecían las mismas iniciales. Ante la pregunta de a quién pertenecían  sólo recibían el más hosco de los silencios y en ocasiones alguna reacción violenta que las obligaba a callar de inmediato. El jovencito solía decir que cuando caía el sol y se acercaba la hora en que sus hermanas se iban a dormir,  una voz interior le indicaba que debía recluirse en el cuartito de los materiales  y comenzar su minuciosa tarea sobre la mesa pintada de azul a la que rodeaban tres sillas de paja de color amarillo, verde y violeta. El amarillo, decía, ahuyentaba los malos espíritus,  el verde invocaba a su santo preferido  y el violeta representaba el color predilecto de un amigo a quien dedicaba sus obras, cuyo nombre jamás habían oído pronunciar.

El cuerpo de Fray Bartolomé Rivas reposaba en una pequeña capilla en las afueras del pueblo y había sido objeto de innumerables conjeturas desde que su tumba había sido profanada. Se ignoraba qué objetos habían desaparecido, aunque sorprendía la ausencia de papel picado y muchos temían que a causa de eso no pudiera alcanzar la paz eterna. Algunos sostenían haberlo visto errante por las proximidades y todos habían dejado de visitar por temor los alrededores. Entre Cuauhtémoc y su hijo existía un pacto tácito, cada uno respetaba el trabajo del otro y el padre había sido obligado bajo juramento a no preguntar sobre  lo que él guardaba en un cofre escondido en el sótano. Fue Jovita quien un día, presa de la curiosidad propia de los niños, decidió bajar los escalones que conducían a esa habitación que siempre permanecía cerrada. El viejo baúl, cuyos goznes enmohecidos cedieron rápidamente a la primera presión y cuya antigüedad llamó la atención de unos turistas a quienes había recibido,  dejó ver una colección de papeles intactos con una técnica particularmente refinada. No hubo regateo; los visitantes ofrecieron la suma que ella pedía. Cuando la desaparición de Cuitláhuac llevaba ya varios días, se vio obligada a confesar el episodio. Entonces recordaron que había sido horas antes del cumpleaños de Concepción, la primera vez que su hermano le había regalado esa tira de papel picado que  había  calado con  rapidez sorprendente con ese estilete que nunca supieron de dónde había salido. El mismo que tenía en una de sus manos el párroco del Salvador, semanas después,  cuando apareció muerto de un infarto. En su mango podían leerse claramente las iniciales: FBR.  

De cómo Ilsa llegó a Cinecittá

julio 9, 2007

De cómo Ilsa llegó a Cinecittá y el “Duce” cambió la camisa  

Acababa el “Duce” de culminar su obra. La Italia fascista asistía sorprendida a la concreción de una hazaña. Si bien estaban acostumbrados a ellas – en apenas tres años se había construido el Coliseo Romano –  veían ahora a un Benito Mussolini hacer su entrada triunfal en la ceremonia inaugural de lo que sería “la mayor ciudad del cine en Europa”. Quince meses habían transcurrido desde la colocación de la primera piedra y un primaveral día  de abril de 1937, se inauguraba Cinecittá. Ya antes de la inauguración se había empezado a rodar “Escipión el africano”, y ante una multitud vestida de legionarios romanos, exaltado,  el líder arengaba sobre la patria y la conquista de Africa. Los emblemas del régimen, los fasci,  se inspiraban en la antigua Roma. Allí, en la vía Tuscolana, a sólo nueve kilómetros del centro histórico de Roma, se cumplía el sueño de lo que más tarde se llamaría la “Hollywood del Tíber”. “El epicentro del vacío cósmico justo antes del Big Bang” como la definiera Federico Fellini. 

Giovacchino Forzano apura su trago de “lemoncello”; nadie mejor que él conocía las condiciones sociales que habían permitido que el periodista del Pueblo de Italia y excombatiente  liderara la Revolución Fascista. La película “Camicia Nera, que había producido y dirigido en 1933,  relataba los diez primeros años del gobierno de Mussolini. 

Imita el gesto plebeyo del “Duce”, y coloca sus manos en las caderas, en actitud desafiante. Comienza a imaginar un nuevo guión. El título lo tiene, será: “Historia de locos, satanistas y aventureros”. La casa encantada de los cuentos empieza a cobrar vida en su interior y una  nueva sala se ve de a poco habitada por extraños personajes.  No abandonarán ya más el lugar. Escondrijos secretos de los que salen  enanos endiablados, bufones deformes, locos que acusan a otros de delitos que ellos cometen y la novia de satán,  convivirán en una rara armonía durante el tiempo que le tome escribir la obra. A los dos años, un esbozo preliminar ve la luz. Entretando, se ha ido relacionando con grupos afectos a cultos satánicos y su conducta se ha ido modificando a tal punto que sus amigos no lo reconocen. La declaración de guerra lo encuentra en medio de este proceso creativo. Llevará a sus personajes al campo de batalla y su película será propaganda del régimen. La transformará en una proclama política que hará frente a los postulados de Jean Renoir ; no habrá quienes entonen la marsellesa con orgullo para protestar por la soberbia nazi, como en “La gran ilusión”  y en “Casablanca”, la obra tan premiada de Michael Curtiz.   Escribe febrilmente  y cuando ya la tiene casi terminada, la noticia del bombardeo que destruye Cinecittá, lo sorprende con las últimas páginas en blanco. El golpe es demasiado fuerte. Nada tiene sentido ya.  Enfurecido, decide cambiar abruptamente el final imaginado. Entonces escribe: Entre las ruinas de lo que alguna vez fue su sueño,  el “Duce”, con una camisa blanca hecha jirones,  dice llamarse Ilsa y se lo oye repetir: “desde la pantalla, Humphrey Bogart dijo mi nombre, ¿dónde está Rick?”.     

El misterioso altillo de Gloucester

julio 5, 2007

El misterioso altillo de Gloucester

    Muchas historias se habían tejido alrededor de los viejos almacenes y embarcaderos en desuso a orillas del río Severn. Durante años habían permanecido abandonados, y se los veía al recorrer el canal que unía el puerto de la ciudad con el estuario. Llamaba la atención uno de ellos, de maderas roídas por la humedad. Algo más sombrío que los demás, presentaba un curioso techo a dos aguas bajo cuyo alero podía percibirse un ventanuco con persianas que el viento movía a su antojo, y un par de vidrios, uno de los cuales era espejado.
    De tanto en tanto yo solía descender en el amarradero junto al muelle, por un sendero bifurcado que conducía al pórtico de la casa construida sobre pilotes. Ese ritual era casi una obligación para mí, y lo repetía los días en que conmemoraba la muerte de algún familiar querido. Iba al cementerio por la mañana, dejaba un ramo de flores, y después de rezar en silencio una oración me dirigía a la pequeña estación de lanchas colectivas. Compraba un boleto y partía rumbo al porche desvencijado, en el que me sentaba durante un rato en una vieja hamaca Thonet que conservaba intacto su esterillado. Al caer la tarde volvía, después de contemplar el crepúsculo sobre las aguas siempre cambiantes de un río que no por conocido dejaba de sorprenderme.
    Tal vez sólo buscaba la soledad que el enigmático paraje me brindaba. Aprovechaba para reflexionar sobre la vida y la muerte, para congraciarme con tantos recuerdos confusos en mi memoria, e intentaba al mismo tiempo ponerlos en orden. Por ejemplo, el misterio de la muerte de la tía Margaret, nunca develado por los peritos forenses. Siempre había gozado de buena salud, jamás se había quejado de dolor alguno, juraba y perjuraba que iba a morir longeva y tenía la firme determinación de hacerlo por causas naturales. El día en que apareció acuchillada nadie pudo entender quién podría odiar a Maggie, que era pura ternura. El olor de sus inigualables apple pie rodeaba la casa, y no pocas veces nuestros vecinos solían visitarnos sin previo aviso justamente a la hora del té, que como en toda casa inglesa que se precie no era un five o’clock tea, sino que era siempre más temprano. Los amigos elogiaban los scons de su propia industria y los pastelitos de jalea de membrillo que eran otra de sus especialidades.
    Tampoco quedó claro el enigmático suicidio del tío Stephen, que apareció ahorcado en el baño. Era considerado el narrador de cuentos más gracioso del condado, y su fama había trascendido los límites de la ciudad. Dueño de un prodigioso optimismo, su trágica decisión había resultado incomprensible.Ni hablar de Doris, el ama de llaves que nos acompañaba desde su adolescencia, quien había tenido un curioso accidente cuando un espejo con marco y base de roble se había desprendido inexplicablemente, y uno de sus agudos pedazos, en forma de lanza, le había atravesado la yugular. En cuanto a Cynthia, la costurera que cada viernes se presentaba a arreglar o modernizar las ropas que sacábamos del arcón escondido en el altillo de la bisabuela –del cual habíamos descubierto la vieja llave de hierro debajo de una de las maderas de pinotea del piso–, había sufrido un mareo saliendo de la iglesia, se había desvanecido y con su cabeza había golpeado el cordón de la vereda, con tal mala suerte que la muerte había sobrevenido de inmediato.
    Todas las fotos de la bisabuela habían desaparecido por una razón que ignorábamos. Nunca había sucedido ningún robo en la casa, de modo que esto permanecía como un misterio. Mamá se había ocupado de guardarlas en una caja, antes de morir también –como suponemos, aunque esto nunca pudo comprobarse porque su cuerpo jamás fue encontrado, tras desaparecer misteriosamente de la cubierta de un barco de excursiones durante una noche otoñal en que había salido a contemplar las estrellas–. Cierto día, después de esos trágicos sucesos, quisimos volver a ver las fotos de la bisabuela Muriel, pero ya no estaban allí.

    Mientras pienso esto, sigo sin entender la relación que puede haber entre estos hechos; me alivia hamacarme, e intento poner la mente en blanco. Cierta somnolencia me va invadiendo. Abro los ojos y descubro que me quedé dormida. Deben de haber transcurrido unas cuantas horas. Miro el reloj y me doy cuenta de que son ya las nueve de la mañana. Retiro el saco de gamuza con piel con el que me cubrí por la noche –estoy algo aterida– y dudo sobre si entro o no a la casa abandonada. Nunca me atreví a hacerlo. La ciudad ya no se refleja, apenas percibo sus sombras. Camino unos pasos, miro hacia arriba y veo las nubes en el espacio espejado de la pequeña ventana.
    Nunca había creído en la leyenda del altillo, que los supersticiosos repetían cuando al calor del fuego de los hogares relataban esa historia a los asustados niños. Ninguno se animaba siquiera a acercarse, con la curiosidad propia de su edad, tal era la fuerza con que había arraigado la historia. Tampoco sabía de nadie más que se hubiese aventurado a llegar hasta allí. Al menos eso solía decirme el barquero cuando rápidamente se retiraba del lugar luego de que yo descendía.
   
Al pretender entrar, la puerta cedió ante la presión de mi mano y el llamador de bronce emitió un leve sonido metálico. Escuché la sirena de la embarcación que me había traído, y eso me hizo desistir de la idea de incursionar en la legendaria cabaña. Dirigí mis pasos hacia el muelle, me senté a esperar y grité llamando a Freddie, el patrón de la lancha que me había traído y que ahora volvía para llevarme de regreso. Alcanzaba a verlo muy bien, con su pelo entrecano, sus cejas espesas y su infaltable pipa en la boca. Agité mis manos y volví a gritarle, esta vez con ás fuerzaInexplicablemente, no pareció verme. Siguió de largo a pesar de que el sonido de mis gritos retumbó de tal manera que sentí que una de las persianas se cerraba con un golpe seco sobre el vidrio derecho del altillo.
   
Con todas las lanchas que fueron pasando me sucedió lo mismo. Al final del día, sin saber qué hacer, decidí entrar a la casa. Subí por la escalera de madera que conducía al entrepiso, y me animé a empujar la puerta entreabierta. Un viejo espejo, idéntico al que mató a Doris, se hallaba ubicado en un rincón. Me miré en él y, ante mi sorpresa, no ví a nadie.
    Una brisa entró por la ventana abierta.Una caja de cartón con letras en azul cayó desde un estante, y por el suelo se esparcieron las fotos de la bisabuela. En todas ellas, mi imagen ocupaba el lugar en que antes había estado el rostro de Muriel.

FIN

Nota: Gloucester –nombre compuesto por las palabras “ceaster” y “glow”– significa: “el fuerte que brilla en el río”.

                                                                                                                                    

El farolito (en honor a Malcolm Lowry)

junio 27, 2007

EL FAROLITO (en honor a Malcolm Lowry)   Casi era como si hubiese dormido toda la vida en aquel banco frío, sobre el húmedo andén de la estación cuyo nombre despintado apenas alcanzaba a ver, cuando su cabeza se movía pesadamente entre las ropas que le servían de apoyo. Aturdido, trataba de olvidar sus últimos días en la ciudad gris. A lo lejos, el sonido de un violín desgarraba el aire, que sentía helado. No esperaba ningún tren ni pensaba ir a ninguna parte. En su mente no había trenes que se detuvieran ni gente que bajara, ni destinos que lo llevaran a algún sitio, ni siquiera un ángel o un demonio que le permitiera distinguir entre el cielo y el infierno. ¿Era bueno eso? Sí, lo era, pensó, mientras percibía un ligero temblor en su cuerpo.
Un rancio olor a comida y el ruido metálico del barcito de la estación, le recordó que hacía dos días que no comía, aunque lo extraño era su incapacidad de sentir, ni siquiera tenía hambre.
Una brisa de aire lo despejó: todo estaba en calma, nadie sabía ni podría saber que venía de otra parte.
De Buenos Aires había conocido sus callecitas empedradas, sus farolas, sus relojes, el sonido del bandoneón, y sobre todo la lluvia, esa lluvia intermitente y molesta que hacía sentir que el frío calaba hasta los huesos.
Si tan sólo hubiera perdido el manuscrito bajo las llamas de aquel incendio que destruyó su casa, si su compulsión a escribir no le hubiera hecho rehacer la novela, tal vez nada de esto hubiera sucedido.
Atrás quedaban sus épocas de ilustre desconocido, cuando garabateaba páginas en blanco para huir de los fantasmas que sus delirios fabricaban. Recordó las risotadas de sus amigos, cuando en México le decían que siempre estaba en aguas, mientras aquí, en la soledad de la gran ciudad desconocida, sólo era consciente de que hacía agua por los cuatro costados. Estaba listo para morir, y hasta había escrito su epitafio: “vivió de noche y bebió de día”. Así, tan simple y prosaico, como para que nadie pensara que estaba a la altura de un escritor. ¿Acaso lo era?
Ni siquiera sabía si había vivido alguna vez o simplemente emergía de la muerte, para volver a sentirse vivo, al introducirse en ella una y mil veces. Algo le atraía de las tinieblas, las mismas que habían ejercido similar fascinación sobre Edgard Allan Poe.
¿Cómo salvarse del naufragio?
Se incorporó con dificultad y tambaleante, se dirigió a la salida. En los opacos vidrios de las ventanillas vio reflejada una imagen desconocida. Su barba hacía irreconocible a ese personaje extraño que aparecía en la foto de su pasaporte. Debía volver al hotel, al pequeño hostal que se había visto obligado a abandonar después de la inundación.
Caminó sin rumbo un buen rato por la Avenida de Mayo, ¿de qué mayo hablarían? ¿de este mayo lluvioso que le había tocado soportar? Chapoteando en los charcos que salpicaban las paredes enmohecidas con el sucio hedor de las aguas atrapadas por las baldosas destrozadas, hizo un ademán a un taxi del que sólo veía un limpiaparabrisas que implacable resistía la fuerza de una lluvia que se negaba a parar.
Le dio la dirección en un castellano casi inaudible y tanteó en su bolsillo. La petaca de ron había quedado en su habitación. Recordó sus tragos en “El Farolito”. ¡Qué lejos estaba!
Pagó distraído y bajó. Entró al diminuto vestíbulo que olía a moho y tabaco ordinario.
Subió la vieja escalera apoyando sus manos en los desgastados pasamanos, complacido por el crujido que las maderas hacían bajo su peso. Los tres últimos escalones los salteó, y con un par de pisadas enérgicas se abalanzó sobre la puerta cuyo número descascarado apenas alcanzaba a leerse.
Abrió el cajón de su mesa de luz, tomó lo último que había escrito y bajó rápidamente. El hogar prendido en planta baja convirtió en cenizas en un instante, la hoja sobre la cual se leían sus palabras:“El éxito es como un terrible desastre
 Peor que tu casa ardiendo, los ruidos del derribo
 Cuando las vigas caen cada vez más deprisa
 Mientras tú sigues allí, testigo desesperado de tu condenación.
La fama como un borracho consume la casa del alma
Revelando que sólo has trabajado para eso.
¡Ah!, si yo no hubiese sufrido su traidor beso
Y hubiese permanecido en la oscuridad para siempre, hundido y fracasado”.

 Contempló un largo rato las llamas. Cuando el fuego lentamente se extinguía, se dirigió al bar. Felizmente, a esas horas, todavía continuaba abierto.     

El enigma de la muerte de Mademoiselle Rochet

junio 27, 2007

EL ENIGMA DE LA MUERTE DE MADEMOISELLE ROCHET

Permaneció pensativo un momento mientras contemplaba el cadáver. Mademoiselle Rochet  lo había impresionado. Cuando lo llamó el inspector Casaux, supo que estaría ante uno de los más resonantes casos de su carrera. Una mujer joven aún, de increíble belleza, atractiva y vivaz a pesar de la palidez de su rostro, permanecía inmóvil junto al hogar. Ni la rigidez de la muerte lograba ocultar el gesto enérgico con el que había sostenido un libro entre sus manos. Se había dado orden de no tocar ningún elemento en la escena del  crimen. Aunque la carátula era “muerte dudosa”, un anónimo amenazante encontrado sobre su escritorio, hacía suponer que se había cumplido con la profecía.  “Morirás en el exacto minuto en que se hayan cumplido doce años de mi desaparición”.  Esto decía el anónimo encontrado sobre el escritorio de Mademoiselle Rochet, que había aparecido muerta en circunstancias de lo más extrañas.  El inspector Poitiers estaba convencido de que era un crimen, y eso había adelantado al forense, quien debía desentrañar lo que el cadáver quería contarle. En la morgue,  Monsieur Desmond  permaneció pensativo un momento. Mientras contemplaba el cuerpo y se apresuraba a atar al tobillo el cartelito color marrón, que indicaba el número de autopsia, se sorprendió por la vivacidad que se desprendía del rostro pálido de notable belleza. Las sugerentes formas de Mademoiselle justificaban su bien ganada fama. Por todos era conocido que años atrás  había rechazado un título de belleza en un concurso, en base a un alegato sobre la fragilidad de lo corpóreo, hecho sin precedentes que la había transformado en un personaje emblemático, al cual solían acudir asociaciones  que cuestionaban ciertas tendencias que consideraban peligrosas para los jóvenes. Lo cierto es que a juzgar por la popularidad que había logrado y la energía que imprimía a sus proyectos,  no parecía precisamente dispuesta  a abandonar tan rápido el mundo de los mortales. Ni siquiera el “rigor mortis” alcanzaba a ocultar el gesto enérgico de sus manos, de dedos largos y bien cuidados,  sobre los cuales se distinguía una leve mancha de color morado que no dejó de llamarle la atención. No había golpes visibles, ninguna herida, nada que hiciera sospechar un episodio violento. Con un corte rápido y preciso, abrió el cuerpo, desde la pelvis al mentón. A su lado, el médico obductor tendría la desagradable tarea de retirar la piel de la cara hacia adelante una vez practicada la incisión en el cuero cabelludo, dejando al descubierto el cráneo que luego sería serruchado para extraer el cerebro. Al fin y al cabo, su función era otra como tanatólogo especializado en  casos de difícil resolución, con cuyo compendio había publicado ya seis libros. El oficial ayudante preparaba una manguera con la que se limpiarían los trozos para su análisis posterior. Se trataba de determinar el tipo y características de las lesiones, si las hubiere. Desmond colocó en la balanza los pulmones y comprobó que pesaban más de lo normal, lo cual indicaba que la muerte se había producido como consecuencia de un edema pulmonar. Sólo restaba pesar el corazón para descartar como causa de lo anterior una cardiopatía, lo cual desestimaría la hipótesis que manejaban los investigadores. Tenía casi la plena seguridad de que el tamaño del órgano no era el normal y su ojo acostumbrado a leer las señales que el cadáver le enviaba pocas veces se había equivocado.  Efectivamente, pudo constatar que sobre la mesa de Morgagni yacía el cuerpo exánime de una mujer cuya muerte la había desencadenado un colapso cardíaco. Sintió a través de los guantes el frío del acero, al intentar reacomodar el cuerpo para la sutura. Lemonnier, que así se llamaba el ayudante, llenaba con puntillosidad de orfebre la larga planilla con casilleros denominada “Protocolo de Autopsia”: “Tórax sin lesiones traumáticas”, repetía en voz alta; “Corazón y pulmones aumentados, pesan tantos gramos…”, mientras examinaba atentamente lo que marcaba la balanza. Desmond fruncía el ceño y resoplaba de tanto en tanto, dispuesto a prestar atención al leve hematoma que cubría los dedos de la mujer. Estaba convencido de que a más tardar dos días después, cuando los análisis de sangre demostraran si se había producido o no envenenamiento, el cuerpo terminaría por decirle la verdad. Cuatro largas horas habían transcurrido cuando los tres médicos terminaron la faena.  Los guardapolvos cayeron pesadamente en el estante junto a los delantales de hule, esperando que al día siguiente una siempre cansada Mme. Dupuy los recogiese para llevarlos a la lavandería. Las botas y los guantes  habían sido enjuagados en el enorme piletón. Los dos médicos salieron rápidamente después de saludar con el debido respeto a  su maestro, quien lógicamente era el último en retirarse. Siempre acostumbraba permanecer a solas meditando un rato, lo que le había permitido desentrañar muchos enigmas que rodeaban el caso. Esta vez tenía un especial interés mezcla de curiosidad y sorpresa, quizá porque sentía que ella intentaba decirle algo más.  Un leve sonido lo sobresaltó. Provenía de la pileta. Algo así como gotas cayendo sobre la superficie. Efectivamente, la sangre se deslizaba desde el hule y comenzaba a formar una extraña figura. Esperó un rato, inquieto, mientras observaba absorto como el líquido rojo dibujaba algo que iba cobrando forma. De a poco, cuatro números separados por una barra, permitían leer una fecha. Sin ninguna duda, correspondían a un día, a un mes y a un año. Alarmado corrió hacia el cadáver. Sobre una de las manos,  la mancha morada de bordes difusos se había transformado en nítidos caracteres que coincidían con los anteriores. El día y mes eran los del fallecimiento de la joven. El año correspondía a doce años atrás.   

 FIN