Archive for the ‘Juego de palabras’ Category

Con tanto conocimiento enloqueció al punto

junio 11, 2008

Con tanto conocimiento enloqueció al punto

 

Con tanto conocimiento enloqueció al punto  y a la coma, y al punto y coma.

Los puntos no sabían donde ubicarse, si encima de las letras “i” y “j” o señalar una pausa al final de la oración. O bien colocarse entre números indicando que ciertas magnitudes debían multiplicarse. Las comas, confundidas,  preguntaron “al punto” que contestó: “enseguida”. A punto de enloquecer un punto se subió a otro y decidió ponerle dos puntos a una oración y dijo: son las dos en punto. Otro se transformó en medio punto, es decir en una curvatura de ciento ochenta grados en una bóveda o un arco. Aparecieron los puntos cardinales, que en número de cuatro, dividieron el horizonte en otros tantos arcos iguales: norte, sur, este y oeste. Y cuando las cosas parecían estar a punto merengue, en realidad cayeron en un punto muerto. Cada uno tenía su punto de vista. Decidieron analizar el tema punto por punto y terminaron poniendo punto y raya, con lo cual inauguraron el epígrafe. A cada idea le ponían punto y seguido, y cuando nada parecía estar a punto, salvaron la situación los puntos suspensivos, que dejaron librado a la imaginación del lector lo que no lograban comprender…

 

N. de R.: Publicado en el Foro de Cuentos de La Nación (Argentina).

 La consigna consistía en escribir comenzando por la frase: “Con tanto conocimiento enloqueció al punto”.

 

 

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Los puntos y las íes

junio 7, 2007

LOS PUNTOS Y LAS IES 

Con tanto conocimiento enloqueció al punto  que decidido y caústico, después de aflojar su ronquera, llamó a los demás y les dijo: “vamos a poner los puntos sobres las íes”.  Las “íes”, que eran díscolas y graciosas, se tomaron risueñas de las manos y juntas se burlaron de la propuesta porque en plural el acento las salvaría para siempre del punto.  Aquéllos, enfurecidos,  se agremiaron y reivindicaron sus reclamos: “¡es hora de poner los puntos!”, gritaron a coro y a voz en cuello.  Tanta insistencia despertó a los dormidos, que se pusieron a trabajar y dieron origen al punteado, culpable del divorcio de los párrafos, que  celosos de los epígrafes  que se habían apoderado de las rayas, terminaron odiando a las viñetas.  La acción y efecto del sustantivo que habían generado  hizo tanto ruido  que las cuerdas de algunos instrumentos, en especial las guitarras, exigieron a los dedos que las tocaran una a una.  Así fue como los músicos se dedicaron desde entonces  al “punteo”.  Los acordes llegaron tan lejos  que las tierras se enamoraron de las puntas de las palas y les susurraron al oído que las prepararan para la siembra. Cuando las semillas cayeron en los surcos del suelo recién arado  fertilizaron de tal modo que las mieses mostraron al poco tiempo  las doradas espigas ondulantes al viento.  Esto emocionó tanto a las campesinas  que se pusieron a bordar, puntada por puntada, y de sus diligentes manos surgieron los más bellos manteles.  Un pintor que observaba eclipsado la escena  no pudo dominar al pincel que comenzó a repetir el trazo  en forma de pequeños toques. Sin saberlo  había inaugurado una corriente pictórica.  Los puntillistas se enojaron porque nada tenían que ver con los puntillosos pero apareció en escena el puntillo  que los obligó a escuchar las notas  y tuvieron que callarse. El punto  por último, decepcionado y triste, enloqueció de tal forma que decidió volarse la tapa de los sesos. Después de pegarse un tiro apareció una “i” minúscula que demostró finalmente  que había sido la más eficaz manera de cumplir con el cometido que había dado origen a los mítines  y al principio de esta historia: “poner el punto sobre las íes”. 

FIN