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De corsarios y berberiscos

julio 28, 2007

De corsarios, berberiscos y de “un tal de Saavedra”.  

Había embarcado en Nápoles rumbo a España. Atrás quedaba el recuerdo de la batalla que había dejado consecuencias irreparables en su cuerpo, como esa secuela en su mano izquierda, herida por un arcabuzazo, de los varios que había recibido. La gloria militar le permitía vislumbrar un futuro diferente, y ésa era la razón por la cual atesoraba las cartas que le garantizarían a su  regreso la posibilidad de una nueva vida, a partir de la recomendación de Juan de Austria y del duque de Sessa.  Le llamaban “el manco”, aunque en realidad no lo era en rigor; una inmovilidad permanente no iba a impedirle seguir adelante con su vida de desafíos constantes.  Otro soldado como él, su hermano menor Rodrigo,  observaba las velas de la pesada embarcación desplegadas al viento, cuyo  nombre conjuraba temibles tormentas de las tan comunes en el mar.  La galera “Sol” ponía proa hacia el mediterráneo, comandada por su íntimo amigo, el valiente capitán Gaspar Pedro. Después de muchos días de navegación, cuando ya se divisaba la península ibérica,  cerca de Palamós, en la Costa Brava, fueron interceptados por piratas berberiscos. Todo era agitación cuando, sorprendidos, no pudieron impedir que se apropiaron de la nave. Luego de una lucha intensa,  se hicieron del botín que en este caso incluía a ese   extraño personaje. Las cartas de la corona hacían suponer que se trataba de alguien por quien podían conseguir un rescate importante,  y tomarlo como rehén era garantía de poder lograrlo. Pusieron rumbo a Argel, donde se iniciaría el cautiverio. Transformado en esclavo del rey, de nada le servirían ya ni las calzas ni los jubones ni las capas ni los muchos ornamentos que traía en sus baúles. Se habían apoderado de todas sus pertenencias. Cinco largos años transcurrieron y en el norte de Africa descubrió una sociedad muy diferente a la conocida, que hacía un verdadero culto al hedonismo, plena de sensualidad, donde los hombres podían tener varias mujeres, y hasta algún “bardaj” les era permitido. La bella hija de Agi Morato, renegado esloveno y diplomático, Zahara,viuda del sultán Abd-el-Maleck, casada en segundas nupcias con Hasán Bajá Veneciano, se transforma en su protectora. La libertad le llega primero a su hermano, es necesario reunir más dinero para salvarlo. Mientras tanto, y después de varias huídas fallidas, escribe. Es su manera de sentirse libre.  Su imaginación recrea fantásticas aventuras. Una noche de luna decide escapar más allá de las fronteras.  Sabe que la palabra “sahara” en árabe significa desierto. Sitúa allí la acción. Un escenario mágico se puebla de tiendas rectangulares tejidas con pelo de cabra y de una multitud de hombres vestidos con túnicas blancas. Piensa en el calor intolerable de día y en el frío por las noches. Relata la vida errante de esta gente. Describe con su pluma brillante las tormentas de arena, y cómo éstas sepultan a los animales muertos. Recuerda  que esas tribus rinden culto a los astros que les sirven de guía. Cada constelación es objeto de una veneración particular, según de qué grupo se trate. Después de haber hilvanado una historia, y de recordar que “la pluma es la lengua del alma”, decide entonces Cervantes terminar su relato con la siguiente frase “…los camellos descansaron sobre las dunas, las fogatas reunieron a los hombres dispersos, la oscuridad del cielo cubrió sus cabezas y los beduinos miraron las estrellas”.