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No hay adioses eternos contigo

agosto 9, 2007

No hay adioses eternos contigo

Increíble fragilidad la que me lleva a sentir que soy capaz de amarte más allá de la vida, de la tuya y de la mía. Qué es el cuerpo sino esta cáscara vacía que como autómatas nos guía cada día, indicándonos acciones. Ni un paso fui capaz de dar en tu dirección, quizá porque no necesitaba caminar para encontrarte. Tampoco quise verte, tal vez porque te veía en todas partes.  Qué es lo que me sucede ahora, cómo explicarme esta nada que es todo al mismo tiempo. Sin dormir te sueño, sin tocarte te acaricio, sin querer te imagino y en cada respiración renaces a mi lado, cuando lo que desearía es exhalar el último suspiro.  Dónde estás amor que no te encuentro en ningún lado, pero sin embargo ocupas todo mi tiempo y espacio. En el duermevela en que te esfumas adivino el mágico contorno de tu sombra y atravieso los límites difusos de la vigilia para comprobar que no te tengo y que tal vez en una dimensión que no conozco hayas decidido, quizá, permanecer a mi lado para siempre.  

   Por el camino de la vida te encontré /        A tu lado estoy y estaré /     Sólo si me lo pides me iré  /     Ella, la muerte, iba vestida de rosa   /   Distraída, naive y primorosa /   Nos cruzamos, le hice un guiño /  La cubrí con un manto de armiño /  Tiembla, tiene frío, sola está /    No temas, ya no volverá.   /  

   Volvió ella, esta vez a tu lado  / A decirte al oído “ven conmigo”  / Replica mi corazón desolado: /  En el cortejo fúnebre no estoy /  No hay adioses eternos contigo  / Mi ayer seguirá siendo el hoy.          

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